La visita del Papa y un mensaje a Entre Ríos
Las elecciones de medio término del 3 de noviembre en Estados Unidos fueron leídas en todo el mundo como un límite al proyecto de Donald Trump. El dato importa menos por la aritmética parlamentaria que por lo que sugiere: el fin de ciclo de una agenda de poder basada en el desprecio a los sectores vulnerables e inmigrantes, el unilateralismo, la lógica darwiniana de la supervivencia a través del poder del más fuerte y la alianza con los magnates de la tecnología de Silicon Valley.
En ese mismo escenario, el papa León XIV, primer Papa estadounidense y enfrentado públicamente a Trump, fue el primer Papa en ejercicio en votar en unas elecciones, y lo hizo por correo desde el Vaticano. Su magisterio, y en particular su encíclica Magnifica humanitas representa lo diametralmente opuesto: cuestiona el modelo que pone a la técnica y a las grandes plataformas por encima de la persona humana. Allí escribe: “En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos”. Las circunstancias de un mundo convulsionado y en transición pueden llevar al Papa León a erigirse como un líder moral muy potente para todo Occidente.
La visita del Papa a la Argentina, del 8 al 11 de noviembre, lleva ese mensaje a un país atravesado por la discusión sobre el ajuste y la precariedad social. Su primera parada anunciada es el Cottolengo Don Orione de Claypole, una institución que acoge a personas con discapacidades severas. No es una elección menor: el recorrido pone en el centro a quienes el discurso económico dominante suele tratar como costo.
La Doctrina Social de la Iglesia, que se remonta a la Rerum Novarum de 1891, escrita por León XIII, de quien Robert Prevost toma su nombre, sostiene que la economía existe para la dignidad de la persona. Esa es la línea que el Papa trae al país, y es una línea que no necesita confrontar explícitamente con ningún gobierno para tener un efecto político de magnitud.
Pero aquí nos interesa preguntarnos cómo puede impactar esta visita en nuestra provincia y en los entrerrianos. Entre Ríos es, creemos, una de las provincias donde ese mensaje puede llegar con más fuerza por la situación social y económica en la que se encuentra.
Durante estos primeros años de la actual gestión, los conflictos sectoriales aparecieron de manera fragmentada: los docentes reclaman salarios que vienen perdiendo sistemáticamente poder adquisitivo; los policías, con reclamos por una política salarial que viene corriendo muy de atrás de la inflación; los hospitales, con problemas edilicios, falta de personal y, por ende, una atención cada vez más deficiente; los afiliados de OSER, la obra social que el gobierno modificó por ley, que denuncian un deterioro sistemático de sus prestaciones y coberturas; y un estado de rutas que cualquiera que transite la provincia puede desmentir del relato oficial. A eso se suman pérdidas de empleo privado y una creciente demanda de salud mental que afecta a miles de entrerrianos que no encuentran contención en un sistema público desbordado.
Sin embargo, y para ventaja del gobierno, hasta ahora cada reclamo se lleva adelante por separado, como un sistema de islas sin conexión. Pero el conjunto dibuja un hilo conductor que la oposición todavía no supo o no quiso enhebrar: el creciente malestar por un ajuste que llega desde Nación y que la gestión de Rogelio Frigerio aplica casi sin matices, en parte por afinidad ideológica con Javier Milei y en parte por especulación electoral, ya que comparten electorado.
Ahí aparece la pregunta de fondo. Si la visita del Papa pone el foco en el enfermo, en el discapacitado y en el trabajador que sostiene el sistema, ¿cómo puede impactar en una gestión que hace recaer el ajuste justamente sobre esos sectores? La respuesta del gobierno provincial hasta ahora ha sido administrar el conflicto, no resolverlo.
Su mayor preocupación parece haber sido evitar cualquier fisura en el relato oficial, y hasta ahora lo ha logrado. Sin embargo, en las últimas semanas algo parece haber cambiado. La inusual hiperactividad del gobernador y la selección de temas de su agenda discursiva (hospital, rutas y escuelas) parecen responder más a los focus group que leen semanalmente y que reflejan ese malestar que a una voluntad de resolver de verdad las demandas crecientes.
Y en una provincia donde la vida comunitaria y la fe siguen siendo parte central de la identidad, esa diferencia entre discurso y decisiones puede volverse visible con más facilidad.
No estamos diciendo que la fuerza del discurso papal cambie votos de inmediato. Lo que hace es darle legitimidad moral a reclamos que hoy se leen como sectoriales y ampliar el margen de adhesión y acompañamiento. Un mensaje sobre los descartados, la dignidad del enfermo y la del discapacitado es difícil de desacreditar como partidario, y por eso resulta útil para casi cualquier actor. Pero su efecto depende de que se traduzca en un discurso y una práctica concreta.
Quienes podrían hacerse eco son, en primer lugar, la Iglesia local: parroquias, Cáritas, curas e instituciones de atención a la discapacidad. Son quienes sostienen la pastoral social cotidiana y tienen más credibilidad ante los sectores afectados. En segundo lugar, los gremios y las organizaciones sociales, desde docentes y trabajadores de la salud hasta los colegios profesionales vinculados a la salud, que pueden usar el mensaje para dar marco moral a reclamos salariales que hoy se leen como simple negociación sectorial. Y en tercer lugar, la oposición peronista, que tiene la ventaja de que la doctrina social le resulta familiar, ya que es la base de su propia doctrina. Pero debe evitar que su uso quede en lo retórico: si no tiene anclaje social, el mensaje puede volverse en su contra.
En cuanto al gobierno provincial, lo más probable es que administre la visita sin confrontar: protocolo, cordialidad institucional y perfil bajo. Es una estrategia que evita el conflicto directo, pero deja el mensaje sin respuesta y lo convierte en un espejo que nadie quiere mirar.
El humor social no cambia de un día para otro, pero tiene momentos de inflexión, y una visita con esta carga simbólica puede convertir en un problema compartido lo que hasta ahora se vivía como un problema de cada sector. Si esa lectura se consolida, el costo político para el gobierno provincial no estará solo en las protestas aisladas de hoy, sino en la pregunta que empiece a hacerse la sociedad entrerriana: si la coincidencia con el proyecto nacional sirve para algo más que la alianza electoral.
El dato a seguir, en los próximos días, es si el reclamo docente, el malestar policial, el reclamo del personal de salud (desde médicos y enfermeros hasta acompañantes terapéuticos y psicólogos) y el de quienes perdieron su trabajo en el sector privado logran confluir en una misma agenda.
Cuando la cuestión social se agrava, la sociedad termina ordenando la oferta política. Si el ajuste sigue su curso y los reclamos sectoriales se unifican, la oposición tendrá que decidir si está a la altura de convertir ese malestar en una alternativa.
Nahuel Baridon, politólogo y consultor.